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No se que me pasa: 


Serán los casi 50, o que ya he andado bastante o tal vez que mi percepción de la vida cambió en estos años. Me pregunto ahora muchas cosas, más que cuando estaba más joven. Desde el momento que pisé el límite de mi vida, con una hija de brazos y yo en los linderos de mi existencia, como que me hice más cauto, menos arrebatado, más seguro de lo que no sé y de lo que no puedo, pero también menos temeroso del final, de lo que nos espera.

Vislumbré una realidad alterna…. no sé cómo decirlo, no me alcanza la neurona para describir lo que no sé...,  un espacio en ésta realidad, que no conocemos o en el que no nos fijamos. Pude  percibir  la realidad ésta, tangible, palpable, en la que,  cual peces, sumergidos en la cotidianidad no alcanzamos a explorar más allá de los límites que nos han  fijado nuestros padres, maestros, amigos, mentores, cómplices en nuestra vida, también los libros y todas las comprobaciones que a diario hacemos de que nuestros límites son iguales que los del de al lado, los límites que nosotros mismos ponemos para transitar por un sendero seguro el día a día, pero la percibí desde dentro, desde un espacio mental que desconocía. la realidad de nuestros sentidos, vista desde ése pequeño espacio, interno, se desdibuja.

El control es lo que nos gusta…. La seguridad de no estar fuera de tu zona, de tus límites. Culpamos a  los y a lo demás por nuestras perezas y faltas. Sabes bien en qué fallaste y aún así culpas a otros. Planeas tus respuestas, anticipas las consecuencias y juegas tus piezas porque todos discurrimos nuestras vidas por ese mismo sendero. Pero también sabes que tu realidad a veces no concuerda, es solamente la información que llena tus sentidos la que le da ese sabor a seguridad. Sabes que lo falible de nuestras sensaciones te quita la tranquilidad, y a veces inventas y te crees tus propios cuentos para tranquilizar tu febril imaginación, que anticipa más allá del don de la videncia, la mayor parte del tiempo consecuencias improbables incluso.

Pero la realidad tangible, segura, controlable y a la mano que tanto te gusta, tiene límite, tu Yo más íntimo se esconde dentro de tu cerebro, tu corazón, tus músculos, a lo mejor en tu páncreas o en alguna célula perdida que le da cobijo, a lo mejor en unas cuantas moléculas de todo tu complejo corporal. Y desde ahí contemplas, cuando te acercas a la frontera de la vida, o de la muerte, como sea…. como simple espectador, como un niño regañado, castigado en un rincón, vuelto de espaldas, y cuando te atreves a mirar desde tu rincón, donde te aferras a la vida, la realidad ha cambiado, los filtros sensoriales, ocupados y saturados por el dolor de la isquemia, dejan de bloquear y modificar la informacion que llega a tu Yo. 

Atestiguas, que no participas,  la  febril y desacompasada actividad de todos los que se ocupan de ti, cuerpo condenado a permanecer postrado por las siguientes horas, días semanas, a voluntad de otros que desde este momento gobiernan tus acciones, y las agresiones, todas con fines harto sublimes, hasta que tu maltrecho corazón tenga a bien mejorarse o claudicar.

Pero tu cuerpo ya no es importante. Te lacera el dolor que dice que estas cerca del fin, los libros de medicina lo dicen, así sin más,  "El dolor es muchas veces descrito como una sensación opresiva e intensa que se localiza en el tórax (en el pecho). Los pacientes a veces lo expresan como una coraza que les aprieta el corazón; otras veces lo describen como una sensación de quemazón, o incluso de muerte inminente."  Bien descrito, les aplaudo, pero imposible de transmitir la sensación, la urgencia que sientes de huir de ese cuerpo y llegar a la superficie, cualquier superficie, de aferrarte a alguien o  a algo que te haga salir y dejar ese momento. Poder despertar y que todo haya pasado, y este bien. Y en ratos, la sensación es que todo va a terminar en los segundos siguientes, sensación que se recicla  y con cada ciclo se hace mas intensa e inminente.

La función cerebral se hace lenta, si se puede decir, y se ocupa solo de eso, el dolor y en el plano de realidad consciente, solo atinas a obedecer y actuar en forma casi automática. Te sientas porque te falta el aire y la enfermera, antes obediente a tus indicaciones, viene a regañarte y decirte  -acuéstese, no sea terco, mire que si se cae no respondo, si no hace caso lo voy a amarrar- y solo atinas a acostarte sin chistar, aunque te estés ahogando. Mientras tanto, en tu realidad, tu YO, agazapado y con una limitada visión cónica de la realidad externa donde tus ojos son la arista y solo puedes enfocarte en una cosa a la vez mientras el resto del mundo gira frenético sin que lo puedas ya comprender. En este espacio donde estás las distancias son mas grandes, los espacios entre tu y los demás se van haciendo más amplios, es como si quisieran alejarse porque verte así, postrado, los estresa, por lo tanto te niegan y te alejan, ignorandote, aunque se esten ocupando de tu caso. Ya no preguntas. La lógica aprendida te dice que esto es serio, las reacciones de tus compañeros, que percibes ahora  en forma detallada, como un lente de aumento,  y sus miradas preocupadas y sorprendidas te dicen que todo está mal.

Alguien anuncia, ya vienen los de la terapia intensiva para acá, y lo dice como si de verdad alguien fuera a sacarte del agua y ya está, sano otra vez… ahora sabes que no es así y el alivio de sus voces y actitudes es porque viene alguien que les quite el peso de lidiar con tu enfermedad, y ya de aquí en delante la incertidumbre, el futuro en su más tangible actitud de rebeldía a dejarse controlar te demuestra más que nunca  tu incapacidad para asirlo y controlarlo. Las consecuencias se aproximan cada vez más rápidamente y se precipitan los hechos, de momento te dicen o escuchas: TRASLADO, y en un momento más ves la angustia en el rostro de tu esposa, que acaba de llegar a tu lado, el bullicio que precede a subirte a la ambulancia y fuertemente el alivio de todos los que se hicieron cargo de ti en este rato, no sin un dejo de zozobra de parte de cada uno de ellos por el compañero caído, lo cual agradeces. Viene entonces, ya como una película de la cual captas solo las partes más importantes, sin verla o registrarla en su totalidad,  el bamboleo, otrora conocido y emocionante de la ambulancia, apenas lo sientes y ya eres nada más que un fardo, un costal con un hálito de vida que permanece. Sientes que vas en caída libre y no sabes dónde parará… tu mano se extiende, buscas ayuda, repasas en tu cerebro que hacer en estos casos y ahí está todo lo que sabes y debes hacer pero cuando estás del otro lado, cuando tienes los pies sobre el suelo, no cuando te llevan con los pies por delante.

En ningún archivo cerebral dice de una situación así. Desconcertado, agazapado, apenas en contacto con Ella que está a tu lado la miras y dices – estoy bien, todo va  a salir bien… cuida a mis hijas, avísale a mis hijos… a todos. Alcanzas a percibir, en Ella sí, el pesar y la preocupación, la ansiedad por anticipar los resultados, la soledad y la carga de la familia porque por lo pronto te ha relevado de esa responsabilidad.
Un destello de realidad te regresa un poco y atinas a encargarle tu cartera y la compu que se quedo en el hospital. le dices algo de las tarjetas y el dinero y que se haga cargo y vuelves a agazaparte, extasiado en contemplar el mundo y sus criaturas desde este plano, hasta hoy desconocido para ti.

En la sala de urgencias todo es correr, escuchas el tono, ese temblar de la voz, las palabras atropelladas que en enfermeras expertas te alarma y hace que te acerques  cuando tú eres protagonista en la realidad anterior. Pero aquí notas que se apuran. Cosa poco común, ya te esperan en la sala de hemodinamia, las enfermeras se apuran y te preparan en un santiamén. Ya no piensas, solo atestiguas cada paso. Ya todo está totalmente fuera de control. La sensación de caer es más fuerte, no te deja pensar. El sabor de la morfina lo compruebas por el cólico que sientes en el abdomen. El dolor no cesa, son como oleadas de calor intenso que quema desde la espalda hasta el centro del pecho, detrás del esternón, es como si hirviera algo, no cabe dentro del pecho y ahora sí,  la sensación es que vas a morir… ya… en un minuto. Tratas de apelar a la sentencia pero no hay a quien. Tu esposa trata de despedirse, casi no le salen las palabras. Tú le dices, animo, ahorita te veo. Se queda en el pasillo y la ves…preocupada, desesperada, con miedo, apabullada por esta circunstancia pero ya no compartes esa sensación, la ves, la atestiguas.

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